El taller del Jordi está al final de la calle, una nave oscura donde el martillo golpea el yunque desde que él era niño. Un día me asomé y él, sin preguntar mi nombre, me puso un delantal de cuero y unas gafas de protección. —Sujeta la pieza con las tenazas. Así, sin miedo. El hierro estaba al rojo