La tarde que el herrero Jordi me dejó golpear el hierro caliente y descubrí que el fuego también habla

El taller del Jordi está al final de la calle, una nave oscura donde el martillo golpea el yunque desde que él era niño. Un día me asomé y él, sin preguntar mi nombre, me puso un delantal de cuero y unas gafas de protección. —Sujeta la pieza con las tenazas. Así, sin miedo. El hierro estaba al rojo vivo y despedía un calor que me quemaba la cara. Di un primer golpe con el martillo y el metal sonó como una campana desafinada. Jordi me corrigió la muñeca: —No golpees con el brazo, usa el peso de todo el cuerpo. Y entonces, el sonido cambió, se volvió limpio, profundo. Poco a poco, aquella barra informe empezó a curvarse bajo mis golpes. El sudor me corría por la frente, pero no quería parar. Él me habló de los oficios que se pierden, de cómo su abuelo hacía herraduras y cuchillos, y de cómo ahora solo pide encargos raros: cancillas para jardines, ganchos para colgar jamones.(7camiseta) Cuando la pieza se enfrió, la metí en agua y el vapor silbó como una serpiente. Era solo un simple gancho, torcido y feo, pero Jordi lo sujetó contra la luz y dijo: —Esto es tuyo. Ya has hecho algo que durará más que tú. Me lo llevé a casa y lo colgué en la cocina para las cucharas. Cada vez que lo veo, recuerdo que el fuego no solo quema, también da forma, y que hay cosas que solo se aprenden con el martillo en la mano y el ruido en los oídos.(Tienda de Camisetas Fútbol Baratas)

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